“No pasa nada…”

¡No te preocupes, no pasa nada!, ¡no pasa nada, ya está!, ¡no pasa nada, no es para tanto!

¿Os suenan alguna de estas frases?, ¿es vuestra?, ¿es ese consuelo mágico que, a veces, enfada más que ayuda?

        El lenguaje en el ser humano es una poderosa herramienta con una potente función en nosotros: el aprendizaje. Creemos que las palabras sólo sirven para rellenar espacios y fomentar la comunicación (o no comunicación, en algunos casos) entre nosotros.

    rock-1573133_960_720Pero, la realidad es que, el lenguaje tiene muchas más funciones: es un facilitador emocional, sirve para proyectar nuestra angustia, puede ser una buena defensa o un escudo protector, nos permite conectar con recuerdos y nuestra memoria, y ayuda en nuestra capacidad de relación.

        Hoy elegí hablar sobre el efecto de estas tres palabras en nosotros “NO PASA NADA”. Y especialmente, el efecto que pueden llegar a tener de manera aislada, sin un acompañamiento verbal, físico o emocional.  Suelen ser una herramienta con la que calmamos nuestra angustia, pero que puede llegar a tener un gran efecto boomerang. Porque en realidad: SÍ PASA ALGO.

          Para comenzar, vayamos atrás en el tiempo. Imaginaros siendo niños, y recordad ese momento donde vuestra tristeza, enfado, rabia u otra emoción negativa fueran protagonistas. Quizás tuvisteis una pelea con vuestro herman@, quizás con una amiguit@, quizás una mala nota en el colegio o ese juguete que no os compraron.

¿Qué paso entre vuestro padres y vosotros? Varias opciones pudieron ser posibles:

-Os ayudaron a expresar la emoción. ¿Cómo, de qué manera?pinky-swear-329329_960_720

-Os dejaron en silencio, sin dar respuesta alguna.

-O intentaron consolaros, terminando con un “No pasa nada “. El tono, la forma, el modo, son importantes aquí, porque cambiarán el recuerdo de esa emoción en vuestro cerebro.

         Es probable que esa frase fuera la defensa vuestra madre, padre o profesor. Defensa elaborada a partir de la incomodidad o malestar que la situación les pudo generar. Dificultad para manejar esas lágrimas o gritos. Dificultad para ver una angustia fuera de ellos sin saber cómo contenerla.

    El impacto de esa frase puede haber provocado que, en nuestra época adulta, pongamos distancia a la emoción. Nos separemos del dolor y sintamos que nada es suficientemente entendido como para ser tenido en cuenta. Es más fácil, hacerse insensible que aprender a manejar la sensibilidad. O puede que, nos cueste manejar y regular el impacto emocional que las situaciones tienen en nosotros. Quizás, usemos la negación o la evitación ante situaciones desagradables.

      Vamos a verlo desde otro punto de vista. Cuando a día de hoy os preguntan ¿Qué te pasa? Identificáis respuestas del tipo “no me pasa nada” (pero en realidad estáis con un gran enfado), o ante las preocupaciones, mentalmente pensáis cosas como: “no te preocupes, que no es para tanto, no pasa nada, no le des más vueltas”.

     La realidad, es que el cerebro y la emoción buscan escudos protectores a través de todos sus aprendizajes. Si aprendí a no poder expresar lo que me enfadaba o me ponía triste, porque había que quitarle importancia para no pasarlo mal o para no sufrir, es probable que ahora nos cueste reconocer el verdadero dolor o sufrimiento y, es más, nos sentiremos incapaces de manejarlo o expresarlo fuera de nosotros. like-2029075_960_720

Un propuesta fácil. Solo tres preguntas:

  1. ¿Qué hubierais necesitado en lugar de un “no pasa nada”?. Pedidlo en voz alta. (Da igual si es del pasado o del presente). Decidlo delante del espejo, escribidlo, gritadlo, sacadlo del pensamiento.
  2. ¿Con que es necesario acompañar a esa frase? Con un abrazo, un beso, una escucha. Imaginad la sensación física de ello.
  3. ¿Eres capaz de expresar de otro modo tu tristeza, enfado o rabia en este momento? Experimentad y ponedlo en práctica.

     Si sois mamás y papás, probad a acompañar el “no pasa nada” a una pregunta, un gesto o un acompañamiento verbal de lo que vuestro hijo experimenta. Así podremos ayudarle a darle sentido a lo que siente y la emoción saldrá hacia fuera. Una vez fuera, ayudemos a que el dolor pase y las lágrimas pierdan intensidad.

      El truco está en actuar desde el propio aprendizaje. Así las tres palabras que restaban importancia a lo ocurrido,  podrán transformarse y serán mágicas, porque ayudarán a vuestros hijos a expresar y a identificar lo que les ocurre, poniendo la intensidad adecuada a sus vivencias.

      Si sois adultos, aprended a hacer lo mismo, pero aquí hay ventaja. Tenéis un lenguaje más desarrollado para pedir que necesitáis y tenéis capacidad para daros a vosotros mismos lo que un día esperasteis.

Porque cuando decimos “no pasa nada”, probablemente estemos escondiendo un “me estoy emocionando”.

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